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Redes sociales y sus delirios

Redes sociales y sus delirios

Para entender Facebook y otras redes sociales, hay que estudiar el síndrome de Capgras. Este trastorno mental nos da una visión única de la era digital.

El síndrome de Capgras es una construcción delirante. Lo contrario del déjà vu. Las personas con síndrome de Capgras creen que su pareja, hijos, amigos o incluso sus mascotas han sido reemplazados por un doble, por un impostor.

El síndrome fue descripto  por primera vez en 1923 por dos médicos franceses, Jean Marie Joseph Capgras y Jean Reboul-Lachaux, un psiquiatra que fuera su interno.  La  paciente, Madame M., estaba convencida de que su esposo  había sido reemplazado por otros similares, decía haber tenido 80 maridos, todos impostores que simplemente dejaban el lugar para el siguiente. Progresivamente el delirio se fue extendiendo a los hijos e incluso a algunos amigos y vecinos.

Las personas con este síndrome perciben caras  y reconocen que les son  familiares, pero no conectan esa cara con el sentimiento real de familiaridad. Para  Madame M ese hombre era parecido a su esposo, pero no sentía que realmente lo era.  Es un problema de desconexión.

“Los delirios”, como los psiquiatras finalmente llamaron a  la creencia de que los seres queridos han sido reemplazados por impostores idénticos, no son sólo rarezas de archivo. Nuestra comprensión moderna del desorden nos dice que el cerebro tiene módulos separados para analizar los aspectos cognitivos del reconocimiento y para sentir los aspectos emocionales de la familiaridad. Si bien cognición y emoción pueden estar neurobiológicamente disociadas, la conducta tiene mucho más sentido cuando se deja que ambas se entrelacen.

El síndrome era, al principio, propiedad intelectual de los científicos para quienes la mente tenía poco que ver con el cerebro. Para ellos, los delirios de Capgras eran una cuestión metafísica de mente y psique. Pero a lo largo de este siglo, se ha llegado a reconocer que cada pensamiento, emoción o comportamiento es el producto final directo del cerebro material. Las formas en que estos delirios son  producto de tal materialismo nos dicen mucho sobre las diferencias entre los pensamientos que dan lugar al reconocimiento y los sentimientos que dan lugar a la familiaridad.

Esta falla funcional en el cerebro social cuando se acopla con los avances del mundo “en línea” dio lugar a la generación Facebook y similares. El síndrome es hoy una ventana de nuestra cultura y de nuestras mentes, donde nada es bastante reconocible, pero todo parece ser familiar.

Los delirios de la señora M. parecía tener sentido como respuesta a los traumas experimentados a lo largo de su vida. Pero los psiquiatras de la época no veían la posibilidad de que estos surgieran de un trauma producto de un cerebro biológicamente dañado.

En su lugar, la teorización sobre la fuente de los delirios de Capgras tomó un giro psicodinámico. Freud en 1911 vio que los delirios eran causados por impulsos reprimidos; interpretación que se adaptó fácilmente a  la esencia  de lo descripto por Capgras. En los ‘30, la opinión psiquiátrica convencional estableció una interpretación psicodinámica estándar. El dogma freudiano giraba, por supuesto, alrededor de la represión sexual, y los sentimientos conflictivos de amor y odio que todos acarreamos sobre las personas más cercanas. En ese marco, aquellos que no son suficientemente robustos desde el punto de vista psicológico para manejar tal ambivalencia sucumben a  Capgras (sin explicar por qué Madame M. tenía sentimientos ambivalentes inmanejables sobre la mayoría de la población de París, así como sobre los dobles destinados a tener sus propios dobles).

Así, las discusiones sobre los delirios de Capgras se convirtieron en una cuestión de gusto clasificatorio. Unos los vieron como una ilusión propia, es decir, con causas psicodinámicas propias. Otros lo consideraron como uno más de una serie enraizada de “síndromes de identificación errónea delirante”, lo que incluía a  los delirios de Fregoli, donde la víctima cree que varias personas son la misma persona disfrazada; el síndrome de Cotard, la creencia de  estar sufriendo la putrefacción de los órganos o el no existir en absoluto; o la paramnesia reduplicativa, la sensación de que un lugar familiar ha sido copiado y sustituido. Mientras tanto, otros gurúes se inclinaban hacia la acumulación taxonómica y  agrupaban todo esto junto con la gran variedad de delirios secundarios a la psicosis.

Durante más de medio siglo, los delirios de Capgras se asentaron en el campo de la psiquiatría. En los años 60 y 70, quedó claro que los delirios también podían ocurrir en individuos con trastornos como la esquizofrenia y el Alzheimer. Esto no generó otro aluvión de clasificaciones. Después de todo, si su memoria estaba disminuyendo hasta el punto en que los seres queridos están empezando a ser irreconocibles, las afirmaciones sobre el parentesco debían parecer bastante sospechosas, los actos de impostores.

Los delirios de Capgras, sin embargo, estaban a punto de pasar por el hechizo de una de las mayores revoluciones de la medicina del siglo XX. En la década del ‘50 se comienza a utilizar una droga  para el tratamiento de la esquizofrenia que funciona mejor que la psicoterapia. Se inicia el reconocimiento de que todo comportamiento se enraíza en la biología, que las aberraciones de la conducta y los trastornos neuropsiquiátricos son tan biológicamente “reales” como la diabetes. Irónicamente, el propio Capgras, en sus primeros escritos, especuló que los delirios podrían reflejar algún tipo de enfermedad cerebral, antes de saltar al carro psicodinámico. Pero esto no fue aceptado hasta que técnicas más sensibles, como la imagen funcional del cerebro, mostraron que un buen porcentaje de enfermos de Capgras tenían daño o atrofia en la corteza frontal. Otras evidencias llegaron a la inversa, si ciertas regiones corticofrontales resultaban dañadas por lesiones o hemorragias, algunos individuos desarrollaban los delirios.

Un daño discreto en ciertas áreas del cerebro puede producir que el paciente identifique las características de un ser querido, pero aun así insiste en que la persona que vive y respira frente a él es un impostor.

Esto abrió una ventana que dice mucho sobre una de las establecidas falsas dicotomías del cerebro. Desde siempre había existido la distinción dualista entre “mente” y “cerebro”, si bien ambas,  funcional y neurobiológicamente son separables, están en algún tipo de lucha perpetua sobre el control de nuestra conducta. Algunos opinan, con una mezcla de ética y estética, que una debe dominar a la otra.

Pero si acordamos con Antonio Damasio  (Descartes’ Error, 1994) esta dicotomía es falsa.  Cognición y emoción interactúan y se integran. Lo visualizamos cuando se toman decisiones en  circunstancias de emoción extrema.  Pacientes con daño selectivo de  la corteza prefrontal dorsolateral, una de las partes más “embrionarias” y “cognitivas” del cerebro, son impulsivos, incapaces  de posponer una gratificación y de modificar su conducta frente a una sugerencia. Pueden verbalizar estrategias óptimas pero terminan eligiendo siempre la peor. Y luego está la corteza prefrontal ventromedial, la “emocional”, la conexión  entre la corteza frontal y el sistema límbico. Cuando esta área se lesiona también se toman decisiones erróneas, pero de un tipo diferente. El paciente  tiene gran dificultad para decidir cualquier cosa, carece de intuición y sus decisiones  tienden hacia el pragmatismo absoluto.

Entonces, a la hora de las decisiones en un contexto social,  lo que consideramos como una conducta apropiada es reflejo de un equilibrio entre emoción y cognición. Lo que nos muestran los delirios de Capgras es que se produce un equilibrio similar cuando se trata de identificar a quienes mejor conocemos. ¿Cómo identificamos a un ser querido? Utilizamos una región altamente especializada del cerebro, el giro fusiforme, que reconoce las caras que nos son importantes. A esto debemos agregarle la re-imaginación del otro, a través de sus olores, gestos, situaciones, para lo cual utilizamos una red difusa que incluye varias regiones corticales y límbicas.

La identificación se encuentra en la intersección del reconocimiento factual y el sentido de familiaridad.  El daño en Capgras está situado en esta red difusa, el reconocimiento factual está intacto, la persona se parece al ser querido, pero no “se siente” familiar. Además, el daño neurológico también perjudica la capacidad de reflexión y de evaluación que llevarían a rechazar la hipótesis del impostor por absurda.

Dime qué emoticón usaste

Redes sociales y sus delirios

La comunicación social en la historia de los homínidos consistió por años y años en interacciones cara a cara con alguien con el que se ha cazado o se ha construido un espacio para vivir, con quien se ha compartido la mayor parte de la vida.

Los componentes de reconocimiento y familiaridad comienzan a ser separados por la tecnología moderna. Y por  «tecnología moderna», me refiero a comunicarse con la tinta puesta en un papel que viajaba largas distancias para que el otro la decodificara.  Primer golpe tecnológico para el habitual sentido primate de la familiaridad. Y los desafíos se han acelerado exponencialmente a partir de entonces.

¿Es este mensaje de texto de mi marido? ¿Me resulta familiar? Bueno, depende del emoticón que haya usado.

La vida moderna está cada vez más disociada del reconocimiento y la familiaridad y a ésta última se la empobreció en el proceso. Esto se ve agravado por nuestra frenética habilidad con la multitarea, especialmente con la multitarea social. Un estudio reciente de Pew señala que el 89% de los propietarios de teléfonos celulares los usaron frecuentemente durante su última reunión social. Sin Pew ya lo sabíamos.

Nos contactan en línea personas que afirman conocernos, que nos invitan a compartir sus enlaces, que son amigos de nuestros amigos. Y muchos de ellos no lo son.

Reducimos nuestras conexiones sociales a simples hebras para poder  mantener el mayor número posible de ellas. Esto nos deja con señales de familiaridad que son solo restos frágiles de la cosa real. Nos volvemos cada vez más vulnerables a los impostores. Algo peligroso. Las vidas, nuestras vidas en los medios sociales, a menudo, están llenas de simulaciones y simulaciones de la realidad. Solo mostramos el lado que queremos mostrar, no hay recuerdos en conjunto, ni gestos, ni olores.

Por lógica, esto debería inducirnos a tener los delirios Capgras, para encontrar plausible que todo el mundo que contactemos sea un impostor. Pero algo muy diferente ha ocurrido en su lugar. Este desvanecimiento de la familiaridad de los primates frente a la tecnología confunde un contacto con un amigo, sólo porque tuvieron una racha de Snapchat en los últimos 10 días, o porque a ambos les gustan las mismas páginas de Facebook. Nos permite cierto tipo de intimidad con personas cuya familiaridad puede resultar falsa.

A través de la historia, el síndrome de Capgras ha sido un espejo cultural de una mente disociada, donde los pensamientos de reconocimiento y los sentimientos de intimidad se han desvanecido. Todavía es ese espejo. Hoy pensamos que lo que es falso y artificial en el mundo que nos rodea es sustantivo y significativo. No es que los seres queridos y los amigos se confunden con simulaciones, sino que las simulaciones se confunden con ellos.

Es Capgras invertido: en lugar de confundir a la persona real creyendo que es  una simulación, confundimos la simulación con la persona real.

Ni bien ni mal, induce a pensar.

Vinieron para quedarse, con sus múltiples ventajas y algunas desventajas. Usemos los hilos de nuestro cerebro para entrelazar un buen moño entre emoción y razón y cuando vea que lo arrastra, apague su teléfono celular, cierre las ventanas de su computadora, se arremanga y se pone a trabajar.

Redes sociales y sus delirios

Publicado el 4/12/2016 en la Edición Impresa de La Voz del Interior, Cordoba, Argentina