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El desafío de definir la madurez cuando el cerebro nunca para de cambiar

El desafío de definir la madurez cuando el cerebro nunca para de cambiar

En la mañana del miércoles 4 de enero escuché al  ministro de Justicia y Derechos Humanos, Germán Garavano, en una entrevista por radio Mitre. El ministro aseguró que la posición del Gobierno es asumir que existe “una situación en la franja de 15 años” relacionada con el delito y que es necesaria una nueva ley que aborde el régimen penal juvenil porque la que rige es “paternalista” y de la dictadura. El ministro también nos advirtió  que esa ley debe ser abordada en base a “consensos” con los políticos y con UNICEF, aunque aclaro que “la gente de Unicef no coincide” en un aspecto muy importante del proyecto de ley: la baja en la edad de imputabilidad de menores.

Inmediatamente recordé un artículo, publicado en la revista Nature el 21 de diciembre del 2016.

Traduzco aquí el  resumen que precede al artículo:

“La evidencia de que la maduración neurobiológica continúa a través de la adolescencia es invocada cada vez más en las discusiones de las políticas centradas en la juventud. Esto debería motivar a los neurocientíficos a tratar de resolver cuestiones fundamentales tales como la definición de la maduración del cerebro, cómo cuantificarla y cómo traducir con precisión este conocimiento al público en general”

Los neurocientíficos no saben cuándo el cerebro es de un adulto legal. Mientras que la ley tiene que trazar una línea entre la adolescencia y la madurez, que va de los 10 a casi los 20 años, el desarrollo del cerebro es gradual y no se completa de la noche a la mañana.  Las diferentes partes del cerebro maduran a diferentes ritmos.

Leah Somerville, profesora asociada de psicología de la Universidad de Harvard, argumenta en esta investigación que el uso de las herramientas actuales de la neurociencia para definir cuándo un cerebro “alcanza la madurez” es mucho más complicado de lo que parece. “En primer lugar, nos dice, los investigadores tendrían que ponerse de acuerdo sobre que caracteriza a un cerebro como “maduro”.

La profesional, que dirige el Laboratorio de Desarrollo y Neurociencia Afectiva comenta en un tweet: “En los últimos 10-15 años, la evidencia aportada desde la neurociencia que señala que el cerebro continúa madurando después de la adolescencia, es un argumento muy persuasivo que los legisladores, e incluso la Corte Suprema de EE.UU., consideran cuando deben tratar un caso. Los neurocientíficos, nos dice Somerville, no estábamos demasiado preocupados por tratar de identificar la edad de la madurez principalmente porque visualizábamos  muchos problemas para hacerlo, pero la política realmente nos ha llevado a profundizar y discutir sobre este tema, lo que hizo que la comunidad científica se pregunte cual sería la manera más responsable de trasladar a los hechos los avances de la investigación científica en esta área”.

Aunque hay claras diferencias estructurales entre el cerebro de un adolescente y el de un adulto (lo que incluye el aumento de la sustancia blanca y la reducción de la materia gris), la maduración cerebral no se correlaciona con un desarrollo cronológico único, y además, difiere entre individuos. De hecho,  algunas regiones del cerebro no alcanzan una maduración completa cerca de los 30 años.

La plasticidad del cerebro, su capacidad de interactuar con el medio ambiente, de añadir nuevas conexiones y de dar origen a nuevas neuronas, nos demuestran que el cambio es constante a lo largo de toda la vida.  Una simple mirada al volumen de la materia blanca o a ciertos patrones de conexión entre las neuronas no sería una manera efectiva de identificar una línea de base estática para definir la madurez o la inmadurez. El clásico ejemplo es un estudio en el que se encontró que algunos cerebros de niños de 8 años presentaban ciertas medidas de maduración de la conectividad cerebral mayores que las de algunos cerebros de 25 años de edad.

“Inferir a partir de un cerebro individual si alguien es maduro o no implica una gran preocupación para los neurocientíficos”, dice Somerville.

“La idea de que podríamos llegar a algún número que abarque toda la complejidad que involucra el desarrollo del cerebro es un desafío. Aunque hay décadas de evidencia de que los adolescentes se comportan de manera diferente a los adultos, los 18 años no tienen ninguna magia biológica”.

Somerville es miembro de un grupo de trabajo interdisciplinario del Centro de Derecho, Cerebro y Comportamiento del Hospital General de Massachusetts.  El grupo conformado por profesionales de distintas especialidades espera que sus opiniones y discusiones sobre todos los aspectos del desarrollo del cerebro les permita informar cuando una persona debería ser responsable de sus actos  y generar los documentos que ayuden en la toma de decisiones en audiencias legales.

“Queremos ayudar a los políticos a entender que la idea de madurez en sí misma no puede ser simplemente  estática. El cerebro está cambiando constantemente, de manera mucho más sutil que los principales eventos del desarrollo que ocurren en la infancia y en la adolescencia”, destaca la profesora.

La velocidad de la tecnología en la neurociencia es exponencial, es imprescindible escuchar lo que ésta puede aportar para la toma de decisiones éticas y justas en el sistema legal, lo que debe ser entendido por los responsables de las políticas públicas, por los abogados, por los  jueces, y por el público en general.

Debemos hacer valer el poder del profesional informado y de la opinión pública para forzar a la acción social de una manera transformadora, ética y responsable.

El desafío de definir la madurez cuando el cerebro nunca para de cambiar

Fuente

Imagen: Leon Brooks