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El hombre que intentó salvar al mundo con la lógica

El misterioso funcionamiento del cerebro

Walter Pitts ascendió de las calles al MIT, pero no pudo escapar de sí mismo.

De niño, Walter Pitts estaba acostumbrado a ser intimidado. Había nacido en Detroit en la era de la prohibición en una familia difícil; su padre, un fabricante de calderas, no tenía problema en levantar los puños para salirse con la suya. Los niños del vecindario no eran mucho mejores. Una tarde en 1935, lo persiguieron por las calles hasta que pudo ocultarse en la biblioteca local. La biblioteca era un terreno familiar, siendo un autodidacta era allí donde había aprendido griego, latín, lógica y matemáticas mejor que en su casa donde su padre insistía que abandonara la escuela para ir a trabajar. Afuera, el mundo era un desorden. En su interior, todo tenía sentido.

Sin querer arriesgarse esa noche a otra corrida, Pitts permaneció oculto hasta que la biblioteca cerró. En soledad, vagó por las pilas de libros hasta que se encontró con el Principia Mathematica, un conjunto de tres volúmenes, escritos por Bertrand Russell y Alfred Whitehead entre 1910 y 1913, que intenta reducir todos los conocimientos matemáticos a la lógica pura. Pitts se sentó y comenzó a leer. Durante tres días permaneció en la biblioteca hasta que leyó cada volumen de punta a punta,  cerca de 2.000 páginas, e identificó varios errores. Pitts decidió  que Russell debía saberlo, por lo que le redactó una carta detallando los errores de su obra. Russell no sólo respondió a su carta, sino que quedó  tan impresionado que lo invitó  a estudiar con él como estudiante graduado de la Universidad de Cambridge en Inglaterra. Pitts no podía complacerlo,  tenía sólo 12 años de edad. Sin embargo, tres años más tarde, cuando supo que Russell visitaría la Universidad de Chicago huyó de su hogar con sólo 15 años y se dirigió a Illinois. Nunca volvió a ver a su familia.

En 1923, el año en que Walter Pitts nació, Warren McCulloch a sus 25 años de edad,  también estaba digiriendo la Principia. Pero ahí es donde se terminan las similitudes, McCulloch no podía venir de un mundo más diferente. Nacido en una familia acomodada de la costa este plena de abogados, médicos, teólogos e ingenieros, McCulloch asistió a una academia privada de varones en Nueva Jersey, luego estudió matemática en el Haverford College en Pennsylvania, y a continuación,  filosofía y psicología en la Universidad de Yale. En 1923 se encontraba en Columbia, donde estudiaba “estética experimental ” y estaba a punto de obtener su título de médico en neurofisiología. Pero McCulloch era un filósofo de corazón. Quería saber lo que significa saber. Freud acababa de publicar El yo y el ello, y el psicoanálisis estaba de moda. McCulloch no estaba de acuerdo con Freud, él estaba seguro de que de alguna manera el misterioso funcionamiento del cerebro y los fallos mentales tenían sus raíces en los disparos puramente mecánicos de las neuronas cerebrales.

A pesar de que comenzaron en los extremos opuestos del espectro socioeconómico, McCulloch y Pitts estaban destinados a vivir, trabajar y morir juntos. En el camino, crearían la primera teoría mecanicista de la mente, el primer acercamiento computacional a la neurociencia, el diseño lógico de las computadoras modernas, y los pilares de la inteligencia artificial. Pero esto es mucho más que una historia sobre una fructífera colaboración de investigación. Esto también se trata de los lazos de amistad, de la fragilidad de la mente y de los límites de la capacidad de la lógica para redimir un mundo desordenado e imperfecto.

McCulloch y Pitts estaban destinados a vivir, trabajar y morir juntos

McCulloch y Pitts estaban destinados a vivir, trabajar y morir juntos

Puestos cara a cara, eran una pareja despareja. McCulloch, tenía 42 años cuando conoció a Pitts, era un poeta-filósofo, seguro de sí mismo, de ojos grises y barba salvaje, fumador empedernido que vivía a whisky y a helado y que nunca se iba a dormir antes de las 4 a.m. Pitts, de 18 años, era pequeño y tímido, con una frente amplia que lo envejecía prematuramente y una cara chata, como un pato con gafas. McCulloch era un científico respetado. Pitts un fugitivo sin hogar. Había estado dando vueltas por la Universidad de Chicago, trabajando en un empleo de baja categoría y colándose en las conferencias de Russell donde conoció a un joven estudiante de medicina llamado Jerome Lettvin. Fue Lettvin quien presentó a los dos hombres. Ni bien comenzaron a conversar, se dieron cuenta de que tenían un héroe en común: Gottfried Leibniz. El filósofo del siglo XVII había intentado crear un alfabeto del pensamiento humano, en el que cada letra representaba un concepto, que podían combinarse y manipularse de acuerdo a un conjunto de reglas lógicas para calcular todo el conocimiento,  una visión que prometía transformar el imperfecto mundo exterior en el santuario racional de una biblioteca.

McCulloch le explicó a Pitts que estaba tratando de modelar el cerebro con el cálculo lógico de Leibniz. Para esto se inspiró en la Principia, con la que Russell y Whitehead intentaron demostrar que toda la matemática podía ser construida desde cero usando la lógica básica e indiscutible. Su teoría fundacional era la proposición, el enunciado más simple posible que puede resultar en verdadero o falso. A partir de ahí, emplearon las operaciones fundamentales de la lógica, como la conjunción (“y”), la disyunción (“o”), y la negación (“no”), para relacionar proposiciones en redes cada vez más complicadas. Basados en estas proposiciones simples, derivan en la complejidad de la matemática moderna.

¿Cuál de estas proposiciones llevó a McCulloch a pensar en las neuronas? Él sabía que cada una de las células nerviosas del cerebro disparan sólo después de alcanzar un umbral mínimo: basta que las células nerviosas vecinas envíen sus  señales a través de las sinapsis para que la neurona dispare su propio potencial eléctrico. A McCulloch se le ocurrió que esta organización era binaria, la neurona disparaba o no. Él se dio cuenta de que, la señal de una neurona es una proposición y de que las neuronas funcionarían como puertas lógicas, con  múltiples entradas y una sola salida. De modo que, variando el umbral de disparo de una neurona podrían llevarse a cabo las funciones  “y”, “o” y “no”.

Luego de leer una reciente publicación del matemático británico Alan Turing que demostraba la posibilidad de una máquina que pudiera computar cualquier función (siempre que fuera posible hacerlo en un número finito de pasos), McCulloch se convenció de que el cerebro era sólo una máquina que utiliza la lógica, codificada en redes neuronales, para  computar. Las neuronas, pensó, podrían estar unidas entre sí por las reglas de la lógica para construir cadenas más complejas de pensamiento, de la misma manera que Principia vinculaba cadenas de proposiciones para construir matemáticas complejas.

Cuando McCulloch explicó su proyecto, Pitts lo entendió de inmediato, y supo exactamente cuáles eran las  herramientas matemáticas que se podrían utilizar. McCulloch, encantado, invitó al adolescente a vivir con él y su familia en Hinsdale, un suburbio rural de las afueras de Chicago. La casa de Hinsdale era bohemia, libre de espíritu y desbordante. Intelectuales de Chicago y literatos los visitaban constantemente para hablar de poesía, psicología y políticas radicales, mientras que canciones de protesta de la guerra civil española y sindicales resonaban en el fonógrafo. Sin embargo, a altas horas de la noche, cuando Rook, la esposa de McCulloch, y sus tres hijos se iban a la cama, McCulloch y Pitts en soledad, vertían su whisky y agazapados intentaban construir un cerebro computacional a partir de una neurona.

Antes de la llegada de Pitts, McCulloch había chocado contra una pared: nada impedía que las cadenas de neuronas se torcieran formando círculos continuos, de modo que la salida de la última neurona de la cadena se convertía en la entrada de la primera una red neuronal que se mordía la cola. McCulloch no tenía idea de cómo modelar esto matemáticamente. Desde el punto de vista de la lógica, un círculo continuo se parece mucho a una paradoja: el consecuente se convierte en el antecedente, el efecto se convierte en la causa. McCulloch había etiquetado cada eslabón de la cadena con un sello de tiempo, de modo que si la primera neurona disparaba a tiempo t, la siguiente lo haría en t + 1, y así sucesivamente. Pero cuando la cadena circulaba al revés, t + 1 se convertía de repente en t.

Pitts sabía cómo abordar el problema. Él utilizó la aritmética modular en la que los números «dan la vuelta» alrededor de sí mismos como las horas de un reloj. Así le demostró a McCulloch que la paradoja de un tiempo t + 1 precediendo a un tiempo t no era, en absoluto, una paradoja puesto que en sus cálculos el “antes” y el “después” habían perdido significado. El tiempo se eliminaba por completo de la ecuación. Al ver el destello de un rayo en el cielo, los ojos envían una señal al cerebro la que luego es transportada a través de una cadena de neuronas. Comenzando con cualquier neurona de la cadena, se podría volver sobre los pasos de la señal y averiguar cuánto tiempo atrás cayó el rayo. A menos que, la cadena sea un círculo continuo. En ese caso, la información que codifica al rayo gira solamente en círculos, sin fin. No tiene ninguna conexión con el momento en que se produjo realmente el relámpago. En las palabras de McCulloch, se convierte en “una idea extraída fuera del tiempo”. En otras palabras, en una memoria.

Para cuando Pitts había terminado el cálculo, él y McCulloch tenían en sus manos un modelo mecanicista de la mente, la primera aplicación de la computación al  cerebro, y el primer argumento de que el cerebro, en el fondo, es un procesador de información. Al unir neuronas binarias simples para formar cadenas y círculos continuos,  habían demostrado que el cerebro podía implementar toda operación lógica posible y calcular cualquier cosa que pudiera ser computada por una de las máquinas hipotéticas de Turing. Gracias a esos círculos recursivos, también habían encontrado una manera para que el cerebro pudiera abstraer información, retenerla, y volver a abstraerla una vez más, creando así ricas y elaboradas jerarquías de ideas persistentes, en un proceso al que llamamos “pensamiento”.

McCulloch y Pitts escribieron sus hallazgos en un artículo seminal: “Un cálculo lógico de las ideas inmanentes en la actividad nerviosa”, publicado en el Bulletin of Mathematical Biophysics. Su modelo era sumamente simplificado para un cerebro biológico, pero tuvo éxito al mostrar una prueba de concepto. El pensamiento, dijeron, no necesita enmascararse en la mística freudiana o involucrase en las luchas entre “el yo y el ello”. Por primera vez en la historia de la ciencia, McCulloch anunció a un grupo de estudiantes de filosofía: “Sabemos cómo sabemos”.

Pitts había encontrado en McCulloch todo lo que necesitaba: aceptación, amistad, su otra mitad intelectual, el padre que nunca tuvo. A pesar de que sólo había vivido en Hinsdale por un corto tiempo, el fugitivo se referiría a la casa de McCulloch como su hogar para el resto de su vida. Por su parte, McCulloch estaba igual de enamorado. En Pitts había encontrado su alma gemela, su colaborador “ilegitimo”, y una mente con la destreza técnica para dar vida a sus ideas a medio formar. Como él mismo dijo en una carta de referencia sobre Pitts, “Lo tendría siempre conmigo”.1

Muy pronto Pitts causó una impresión similar en una de las imponentes figuras intelectuales del siglo XX, el matemático, filósofo y fundador de la cibernética, Norbert Wiener. En 1943, Lettvin llevó a Pitts a la oficina de Wiener en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Wiener no se presentó, ni siquiera tuvieron una pequeña charla. Simplemente acercó a Pitts a una pizarra en la que estaba trabajando en una demostración matemática. Mientras Wiener trabajaba, Pitts intervenía con preguntas y sugerencias. Según Lettvin, en el momento en que llegaron a la segunda pizarra, estaba claro que Wiener había encontrado su nueva mano derecha. Wiener escribiría más tarde que Pitts era  “sin duda el joven científico más sólido que yo he conocido…me asombraría en extremo si no llegara a ser uno de los dos o tres científicos más importantes de su generación, no sólo en EEUU, sino en el mundo entero”.

Norbert Wiener

Norbert Wiener

Tan impresionado estaba Wiener que le prometió a Pitts un PhD en matemáticas en el MIT, a pesar del hecho de que nunca se había graduado de la escuela secundaria, algo que prohibían las reglas estrictas de la Universidad de Chicago. Era una oferta que Pitts no pudo rechazar. En el otoño de 1943, Pitts se había mudado a un departamento en Cambridge, se había inscrito como estudiante especial en el MIT, y había comenzado a estudiar con uno de los científicos más influyentes del mundo. Un largo camino desde su clase obrera de Detroit.

Wiener quería que Pitts hiciera su modelo del cerebro más realista. A pesar del salto que Pitts y McCulloch habían dado, su trabajo causó apenas un murmullo entre los neurocientíficos, debido en parte a que la lógica simbólica que habían empleado era difícil de descifrar, y también porque su escueto y sobresimplificado modelo no capturaba el completo desorden del cerebro biológico. Wiener, sin embargo, entendió las implicancias de lo que ellos habían hecho, y sabía que un modelo más realista cambiaria las reglas del juego. También se dio cuenta de que las redes neuronales de Pitts podían implementarse en las máquinas diseñadas por el hombre, marcando así el comienzo de su sueño de una revolución cibernética. Wiener pensó que si Pitts iba a hacer un modelo realista de las 100 mil millones de neuronas interconectadas del cerebro, necesitaría de la estadística. Y la estadística y la teoría de las probabilidades eran la especialidad de Wiener. Después de todo, había sido Wiener quien descubrió una definición matemática precisa de la información: cuanto mayor sea la probabilidad, mayor es la entropía y menor el contenido de información.

Cuando Pitts comenzó su trabajo en el MIT, se dio cuenta de que, aunque la genética podía codificar las funciones neuronales más generales, no había manera de que nuestros genes pudieran predeterminar los billones de conexiones sinápticas del cerebro; la cantidad de información que se requeriría sería enorme. Es probable, supuso, que esencialmente todos comenzamos con redes neuronales aleatorias, estados altamente probables que contienen una información insignificante (una tesis que sigue siendo objeto de debate hasta la actualidad). Pitts sospechó que alterando los umbrales de disparo de las neuronas a través del tiempo, el azar podría dar paso al orden y la información emergería. Se dedicó a modelar el proceso utilizando la mecánica estadística. Wiener lo alentó entusiasmado, porque sabía que si el modelo se materializaba en una máquina, esa máquina podría aprender.

Unos tres meses después de haber llegado, Pitts le escribió a McCulloch en una carta de diciembre de 1943: “Ahora entiendo una gran parte de lo que dice Wiener, lo cual me han dicho ya es un gran logro”. Su trabajo con Wiener fue “constituir la primera discusión adecuada de la mecánica estadística, entendida en el sentido más general posible, de manera de incluir, por ejemplo, el problema de derivar las leyes psicológicas o estadísticas del comportamiento de las leyes microscópicas de la neurofisiología … ¿suena bien, no?”

Ese invierno, Wiener llevó a Pitts a una conferencia que organizó en Princeton con el matemático y físico John von Neumann, quien quedó igualmente impresionado con la mente de Pitts. De esta manera se formó el grupo, que sería conocido como los cibernéticos, con Wiener, Pitts, McCulloch, Lettvin, y von Neumann como su núcleo. Y entre este extraño grupo, se destacó quien fuera inicialmente un fugitivo sin hogar. “Ninguno de nosotros hubiera pensado en publicar un documento sin sus correcciones o su aprobación”, escribió McCulloch. “[Pitts] fue sin lugar a dudas el genio de nuestro grupo”, dijo Lettvin. “Era absolutamente incomparable su erudición de la química, la física, y de todo lo que uno podía comentar sobre historia, botánica, etc. Cuando se le hacia una pregunta, obtenías como respuesta un completo libro de texto… Para él, el mundo estaba conectado de un modo muy complejo y maravilloso”.2

El siguiente junio de 1945, von Neumann escribió lo que sería un documento histórico titulado “Primer borrador de un informe sobre el EDVAC”, la primera descripción publicada de una computadora electrónica binaria con  un programa diseñado para ser almacenado., la computadora moderna. El predecesor del EDVAC, el ENIAC, que ocupaba 1.800 pies cuadrados en Filadelfia, era más bienuna calculadora electrónica gigante que una computadora. Era posible reprogramar aquella máquina, pero para hacerlo hacía falta que varios operadores redirigieran todos los cables e interruptores, una labor que podía durar varias semanas. Von Neumann se dio cuenta de que tal vez no era necesario volver a cablear la máquina cada vez que se deseaba realizar una función nueva. Él pensó que si fuera posible abstraer cada configuración de los interruptores y cables, y codificarlos simbólicamente como información pura, se los podría introducir en la computadora del mismo modo en que se alimentan los datos, sólo que ahora los datos incluirían los mismos programas que manipulan a los datos. Sin tener que volver a cablear, se tendría la máquina de Turing universal.

En 1946, Pitts vivía en la calle Beacon en Boston con Oliver Selfridge, un estudiante del MIT que se convertiría en “el padre de la percepción de la máquina”; con Hyman Minsky, el futuro economista y con Lettvin. Pitts enseñaba lógica matemática en el MIT y trabajaba con Wiener en la mecánica estadística del cerebro. Al año siguiente, en la Segunda Conferencia de Cibernética, Pitts anunció que estaba escribiendo su tesis doctoral sobre las redes neuronales tridimensionales probabilísticas. Los científicos presentes quedaron realmente pasmados. “Ambicioso” era apenas la palabra adecuada para describir el talento matemático que se necesitaría para lograr tal hazaña. Sin embargo, todos los que conocían a Pitts estaban seguros de que él podría hacerlo.  Esperarían con gran expectativa.

McCulloch catalogó los logros de Pitts en una carta al filósofo Rudolf Carnap. “Es el más omnívoro de los científicos y académicos. Se ha convertido en un excelente químico de la coloración, en un buen especialista en mamíferos, conoce las juncias, las setas y las aves de Nueva Inglaterra. Aprende neuroanatomía y neurofisiología de sus fuentes originales en griego, latín, italiano, español, portugués y alemán, ya que aprende cualquier idioma  tan pronto como lo necesita. Sabe cosas como la teoría del circuito eléctrico y realiza por sí mismo la soldadura aplicada a la energía, la iluminación y los circuitos de radio. En mi larga vida, nunca he visto a un hombre tan erudito o tan realmente práctico”. Incluso los medios de comunicación lo advirtieron. En junio de 1954, la revista Fortune publicó un artículo que destaca los 20 científicos más talentosos menores de 40 años; Pitts era uno de ellos, junto a Claude Shannon y James Watson. Contra todo pronóstico, Walter Pitts se había disparado a la fama científica.

Algunos años antes, en una carta a McCulloch, Pitts escribió: “Al menos una vez por semana extraño nuestras conversaciones de todas las tardes y noches”.  A pesar de su éxito, Pitts extrañaba su hogar, y para él hogar significaba McCulloch. El creía que si podía volver a trabajar con McCulloch, sería más feliz, más productivo y más propenso a abrir nuevos caminos. McCulloch, también, parecía estar desconcertado sin su colaborador “ilegítimo”.

Sorpresivamente, la tormenta pasó. En 1952, Jerry Wiener, director asociado del Laboratorio de Investigación Electrónica del MIT, invitó a McCulloch a encabezar un nuevo proyecto sobre la ciencia del cerebro en el MIT. McCulloch no dejó pasar la oportunidad porque eso significaba que estaría trabajando de nuevo con Pitts. Cambió su posición de profesor full time y su gran casa de Hinsdale, por un título de investigador asociado y un  departamento horrible en Cambridge, y aun así no podía haber estado más feliz. El proyecto consistía en utilizar todo el arsenal de la teoría de la información, la neurofisiología, la mecánica estadística y las máquinas de computación para entender cómo el cerebro forma la mente. Lettvin, junto con el joven neurocientífico Patrick Wall, se unió a McCulloch y Pitts en su nueva sede del edificio ubicado en el número 20 de la calle Vassar. En el cartel de la puerta se leía: Epistemología Experimental.

Con Pitts y McCulloch juntos nuevamente, y con Wiener y Lettvin en la mezcla, todo parecía listo para el progreso y la revolución. Neurociencia, cibernética, inteligencia artificial, informática, todo al borde de una explosión intelectual. El cielo- o la mente- eran el límite.

Sólo había una persona que no estaba contenta con el grupo: la esposa de Wiener. Margaret Wiener era, a todas luces, una controladora, mojigata conservadora que despreciaba la influencia de McCulloch sobre su marido. McCulloch organizaba encuentros extravagantes en su granja familiar de Old Lyme, Connecticut, donde las ideas vagaban libres y todos nadaban desnudos. Una cosa era cuando McCulloch estaba en Chicago, pero ahora estaba en Cambridge y Margaret no lo soportaba. Por eso inventó una historia. Sentó a Wiener y le informó que, cuando su hija Bárbara se había quedado en la casa de McCulloch en Chicago, varios de sus “muchachos” la habían seducido. Wiener enojado envió inmediatamente un telegrama a Wiesner: “Por favor, informe [a Pitts y Lettvin] que toda mi conexión con ellos y sus proyectos se cancela de forma permanente. Ellos son ahora su problema. Wiener”.

Nunca más volvió a hablar con Pitts. Y nunca le dijo el porqué.3

Para Pitts, esto marcó el principio del fin. Wiener, que había asumido un papel paternal en su vida, ahora lo abandona inexplicablemente. Para Pitts, no era meramente una pérdida. Era algo mucho peor que eso: desafiaba la lógica.

Ranas!

Ranas!

Y luego aparecen las ranas. En el sótano del edificio 20 del MIT, junto a un tacho de basura lleno de grillos, Lettvin guardó unas cuantas ranas. En ese momento, los biólogos creían que el ojo era como una placa fotográfica que registraba pasivamente puntos de luz y los enviaba, punto por punto, al cerebro que era quien hacía el duro trabajo de la interpretación. Lettvin decidió poner la idea a prueba, abriendo los cráneos de las ranas y colocando electrodos en fibras individuales de los nervios ópticos.

Junto con Pitts, McCulloch y el biólogo y filósofo chileno Humberto Maturana, sometió a las ranas a varias experiencias visuales- prendiendo y apagando luces, mostrándoles fotografías a color de su hábitat natural, ofreciéndoles moscas artificiales y registrando lo que el ojo medía antes de enviar la información al cerebro. Para sorpresa de todos, el ojo no se limitó a registrar lo que vio, sino que filtró y analizó información sobre características visuales tales como contraste, curvatura y movimiento. “El ojo le habla al cerebro en un lenguaje altamente organizado e interpretado” informaron en un documento seminal publicado en 1959  titulado “Lo que el ojo de la rana le dice al cerebro de la rana” (What the Frog’s Eye Tells the Frog’s Brain).

Los resultados sacudieron gravemente la visión que Pitts tenía del mundo. En lugar de que el cerebro procese la información digital neurona digital por neurona digital utilizando la implementación rigurosa de la lógica matemática, hallaron en el ojo procesos analógicos desordenados que realizaban parte de la labor interpretativa. “Fue evidente para él después de haber trabajado con el ojo de la rana que, aunque la lógica jugaba una parte, no era la parte importante o central que cabría esperar”, dijo Lettvin. “Eso lo decepcionó. Nunca lo admitiría, lo que profundizó aún más su desesperación por la pérdida de la amistad de Wiener”.

La avalancha de malas noticias agravó una racha depresiva por la que Pitts había estado luchando por años. “Tengo una especie de desgracia personal, me gustaría su consejo” le había escrito Pitts a McCulloch en una de sus cartas. “Me he dado cuenta en los últimos dos o tres años que tengo una tendencia creciente a una especie de apatía o depresión melancólica. Su efecto es hacer que el valor positivo desaparezca del mundo, por lo que nada merece la pena hacer el esfuerzo, y haga lo que haga, o lo que me pase, deja de importarme demasiado”…

En otras palabras, Pitts estaba luchando con la misma lógica que había buscado en la vida. Pitts escribió que su depresión podría ser “común a todas las personas con una educación excesivamente lógica y que trabajan en matemática aplicada. Es una especie de pesimismo que resulta de la incapacidad de creer en lo que se llama el Principio de Inducción, o el principio de la Uniformidad de la Naturaleza. Dado que no se puede probar, o incluso hacer probable a priori, que el sol va a salir mañana, en realidad no podemos realmente tener la certidumbre de que lo hará”.

Al distanciarse de Wiener, la desesperación de Pitts resultó letal. Empezó a beber en exceso y se alejó de sus amigos. Cuando le ofrecieron su doctorado, se negó a firmar los papeles. Prendió fuego a su tesis, junto con todas sus notas y manuscritos. Años de trabajo, un trabajo importante que todos en la comunidad esperaban ansiosamente, quemó todo, información invalorable reducida a la entropía y la ceniza. Wiesner le ofreció a Lettvin más apoyo para el laboratorio si podía recuperar algunos fragmentos de la disertación. Pero todo se había perdido.

Pitts permaneció empleado en el MIT, pero esto no era más que un detalle técnico; casi no hablaba con nadie y desaparecía con frecuencia. “Teníamos que ir a buscarlo noche tras noche”,  dijo Lettvin. “Verlo destruirse a sí mismo fue una experiencia terrible”. En cierta forma Pitts todavía tenía 12 años. Todavía estaba golpeado, todavía era un fugitivo, todavía se escondía del mundo en las bibliotecas enmohecidas. Sólo que ahora sus libros tomaron la forma de una botella.

Con McCulloch, Pitts había sentado las bases de la cibernética y de la inteligencia artificial. Habían puesto a la psiquiatría lejos del análisis freudiano y cercana a una comprensión mecanicista del pensamiento. Habían demostrado que el cerebro computa y que el pensamiento, como actividad mental, es procesamiento de información.  Al hacerlo, también habían demostrado cómo una máquina podía calcular, proporcionando la inspiración clave para la arquitectura de las computadoras modernas. Gracias a su trabajo, hubo un momento en la historia en que la neurociencia, la psiquiatría, la informática, la lógica matemática y la inteligencia artificial eran una misma cosa, siguiendo una idea vislumbrada inicialmente por Leibniz – en la que todos: el hombre, la máquina, los números y la mente hacen uso de la información como moneda universal. Los que parecían en la superficie ser ingredientes de mundos diferentes: trozos de metal, pedazos de materia gris, rayas de tinta sobre una página,  eran totalmente intercambiables.

Sin embargo, hubo una complicación: esta abstracción simbólica hacía al mundo transparente, pero al cerebro opaco. Una vez que todo se había visto reducido a información gobernada por la lógica, la mecánica real dejaba de importar. La solución equilibrada para la computación universal era la ontología. Von Neumann fue el primero en ver el problema. Él le expresó su preocupación a Wiener en una carta en la que le anticipaba la llegada de la división de la inteligencia artificial por un lado y la neurociencia por el otro. “Después de asimilada la gran contribución positiva de Turing – Pitts- y- McCulloch, escribió, “la situación está bastante peor que antes. En efecto, estos autores han demostrado con una  generalidad absoluta e improductiva que todo se puede hacer mediante un mecanismo apropiado, y específicamente mediante un mecanismo neural,  y que incluso un mecanismo definitivo puede ser “universal”. Invirtiendo el argumento: Nada de lo que podemos saber o aprender sobre el funcionamiento del organismo puede darnos pistas respecto de otros detalles del mecanismo neural sin el uso de la citología y la microscopía”.

Con esta universalidad le fue imposible a Pitts proporcionar un modelo del cerebro que fuera práctico, y así su obra fue descartada y de algún modo olvidada por la comunidad científica que trabaja en el cerebro. Más aún, el experimento con las ranas había demostrado que una visión del pensamiento puramente lógica y centrada en el cerebro tenía sus limitaciones. La naturaleza había elegido el desorden de la vida por sobre la austeridad de la lógica, una opción que Pitts probablemente no pudo comprender. No tenía manera de saber que, si bien sus ideas sobre el cerebro biológico no habían dado el resultado esperado,  estaban poniendo en marcha la era de la computación digital, el enfoque de red neural para el aprendizaje de máquinas y la llamada filosofía conexionista de la mente. En su propia mente, él había fracasado.

El sábado 21 de abril de 1969 con su mano temblorosa por el delirium tremens producto del alcohol, Pitts envió una carta desde su habitación del hospital Beth Israel de Boston a la habitación de McCulloch en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital Peter Bent Brigham. “Entiendo que tuvo un infarto leve; … que está conectado a muchos sensores junto a paneles y alarmas controlados continuamente por una enfermera, y no puede, en consecuencia darse vuelta en la cama. Sin duda, esto es cibernético. Pero igual todo esto me hace aún más abominablemente triste”. Pitts mismo había estado en el hospital durante tres semanas, después de haber sido admitido con problemas hepáticos e ictericia. El 14 de mayo de 1969 Walter Pitts murió solo en una pensión de Cambridge, de várices esofágicas sangrantes, una condición asociada con la cirrosis hepática. Cuatro meses más tarde, falleció McCulloch, como si la existencia de uno sin el otro fuera algo simplemente ilógico, un círculo continuo que se interrumpió abruptamente.

Por Amanda Gefter

Traducido al español por Marta Lapid Volosin para Nautilus

  1. Todas las cartas fueron recuperadas de los documentos de McCulloch, BM139, Series I: Correspondencia 1931-1968, carpeta “Pitts, Walter”.
  2. Todas las citas de Jerome Lettvin fueron obtenidas de: Anderson, J. A. Y Rosenfield , E. Talking Nets: An Oral History of Neural Networks MIT Press (2000).
  3. Conway F. & Siegelman J. Dark Hero of the Information Age: In Search of Norbert Wiener, the Father of Cybernetics Basic Books, New York, NY (2006).

El acceso a las cartas históricas fue proporcionado por la American Philosophical Society

Amanda Gefter es una escritora de física y es autora de: Trespassing on Einstein’s Lawn: A father, a daughter, the meaning of nothing and the beginning of everything. Vive en Cambridge, Massachusetts.